sábado, 13 de septiembre de 2008

ETICA CONTEMPORANEA

I parte
A continuación se presentan contenidos desarrollados en una exposición oral en un ambiente de clases:

Es difícil poder establecer que se quiere decir exactamente con el adjetivo contemporáneo. Para ejemplificar este desacuerdo, señalemos que con respecto a la historia de la ética, la mayoría de los textos en lengua inglesa consideran a la obra de G.E Moore, Principia Ethica, publicada en 1903, como punto de partida de la teoría de la ética contemporánea. Por el contrario, en Europa y en America Latina (debido a la gran influencia de la tradición filosófica alemana), se le ubica a partir de las obras de Franz Brentano y de Marx Scheler (décadas de los años 10 y 20 de este siglo).
Para los estadounidenses, la teoría ética contemporánea arrancaría con las obras de John Dewey y Ralph Barton.
Con la obra de Juan María Guyau (1854-1888) se origina una ética sin ninguna relación con la moral religiosa judeo-cristiana. Las obras en las cuales desarrolla su pensamiento ético son Esbozo de una moral sin obligación ni sanción y la irreligión del futuro.
Guyau comienza por criticar las concepciones tradicionales. Hasta ahora, sostiene, la moral se ha apoyado sobre dos bases el bien en si mismo realizado en la naturaleza, es manifiestamente indiferente y no puede servir de fundamento a ninguna teoría. Por otra parte, para demostrar que la naturaleza es buena, siempre se termina por hacer referencia a Dios, pero como no existe ni Dios ni alma inmoral, el juicio del bien y del mal basado en la naturaleza no tiene ninguna justificación. En cuanto a una ley moral, por aceptar una, seria necesario encontrar en cualquier parte una moral estable y universal, pero no se le halla nunca. Por tanto, es necesario abandonar las concepciones permitidas y construir la moral partiendo del hecho moral.
¿Que nos indica todo esto? Que el fin de nuestros actos, la tendencia más profunda de nuestro ser no es ni la utilidad ni el placer, sino la vida, “la vida más intensa y extensa posible”, el desarrollo de nuestra naturaleza física y moral. El placer y la felicidad son consecuencias del desarrollo de la vida, no el fin. La vida tiene su fin en ella misma. La vida exige “la fecundidad moral” es decir, el desinterés la abnegación y, eventualmente, el sacrificio de la misma por el amor a la lucha y el riesgo. Esto son más que una expresión derivada del poder vital pero convertido en impersonal por esa misma derivación. Guyau dirá: “el entusiasmo reemplaza a la fe religiosa y a la fe religiosa y a la fe moral: el sacrificio de la vida puede convertirse en una expresión de la vida”.
Con un estilo totalmente diferente, pero aproximadamente dentro de la misma línea, se ubica la ética de Federico Nietzsche (1844-1900), cuya influencia se ha dejado sentir sobre todo el pensamiento contemporáneo, toda su obra se manifiesta contra el medio social, las convenciones y los usos. Escrita un siglo mas tarde, guarda curiosas analogías con la obra de Rousseau. Sus concepciones éticas se encuentran, principalmente, en las siguientes obras: El nacimiento de la tragedia; Así hablaba Zaraustra; mas allá del bien y del mal y Genealogía de la moral
Uno de los temas centrales de la ética nietzscheana es el de la muerte de Dios. ¿Qué quiere decir esto? Los comentaristas de su obra discuten: unos sostienen que Nietzsche quiere decir que el hombre ha perdido contacto con el verdadero Dios. En este sentido ha muerto en la conciencia de la humanidad (es así como la teología contemporánea interpreta la muerte de Dios). Otros consideran que la expresión no tiene otra interpretación que la literal, es decir, que Dios no existe. En este sentido, seria fundamentación del Ateismo. Dentro de esta interpretación, los comentaristas consideran a Nietzsche como el precursor del existencialismo ateo contemporáneo.
Otro tema clave de la ética de este pensador alemán es el de la Desvalorización de todos los valores. Para Nietzsche las morales tradicionales han nacido de culturas sociales y religiosas que falsean el potencial ético del hombre. Los judíos por ejemplo, son culpables de exaltar el valor moral de pobres y esclavos, de afirmar que las nobles virtudes del poderío, del coraje y de la alegría, en tantos ideales morales, deben ser reemplazadas por la debilidad; la humildad y el sufrimiento. El cristianismo, igualmente, es una “moral de viejas”. Nietzsche sostiene que hay que reinvertir este orden pervertido de los valores tradicionales.
No es muy sencillo determinar las verdaderas posiciones éticas de Nietzsche. Muchos ven en el a un inmoralista, mientras que otros sostienen que es el heredero de una moral superior.

Atravesamos un periodo histórico en el cual, especialmente en las naciones técnicamente mas avanzadas, los espíritus están desequilibrados por las inquietudes hijas del desarrollo. No tenemos tiempo de acomodar nuestro ritmo personal al ritmo velocísimo del cambio en todos los terrenos, especialmente el material. Lo que hace un siglo demandada cien horas de trabajo, hoy no requiere más que minutos. En la industria, la agricultura, las comunicaciones, en una palabra, en todos los medios, causa admiración la rapidez de ejecución.
Todas las morales nos invitan a una tarea noble, una tarea que hará la vida digna de vivirse: combatir por un fin. Pero el problema esta en que proponen fines generalmente incompatibles. De allí pues, una indiferencia comprensible por el hecho moral.
Junto al caos, la situación moral de nuestra época esta caracterizada por conflictos. Heráclito decía que “el conflicto es el padre de todas las cosas”. No es necesario llegar tan lejos para encontrar en el conflicto el contexto de todos nuestros esfuerzos morales.
Esta omnipresencia del conflicto en todos los órdenes (las familias, los estados, en mi mismo) pone a cada uno delante de una alternativa: o soportar la vida yendo de aquí para allá, o manejarla o dominarla. La opuesta es clara: o bien no se deja de obedecer a las solicitaciones del momento, o se deja de ser victima y se adquiere el dominio de si mismo. Gobernarse a través de crisis difíciles es una tarea pesada: exige moderación.
Necesidad de una orientación autónoma de la persona, convierten a la actitud ética en la tarea central de la vida. La verdadera moral supera a la mora. La ética comienza por la sospecha: no es posible que todas las morales sean verdaderamente morales.
En una palabra, el predominio de la ética es esencial ya que una sociedad que, en su conjunto, no esta guiada básicamente por un principio ético aplicable al comportamiento individual y social de sus miembros, no podrá sobrevivir.
La expresión ética ideológica encierra un doble significado otorgado por el objetivo ideológico. Así pues, para una mejor comprensión valga repetir las definiciones que merece el sustantivo ideología en los diferentes textos: 1. Para el creador del termino, DESTUTT DE TRACY, la ideología es la ciencia de las ideas en el sentido mas general del termino, es decir, de los estados de conciencia.
Siguiendo este sentido, la ética ideológica seria una moral organizada y referida exclusivamente a los estados de conciencia. Pero como hemos visto, la moral es práctica o no es moral: no podemos juzgar por lo pensado sino por lo actuado.
Mas corrientemente, y especialmente a partir de Marx ideología significa sistemas mas o menos coherentes de ideas, opiniones o de dogmas que un grupo social (clase, partido. Entre otros) presentan como un exigencia de la razón. Pero cuya significación efectiva se encuentra en la necesidad de justificar actitudes destinadas a satisfacer aspiraciones interesadas.
En este sentido, ética o moral ideología seria sinónimo de ética dogmática, es decir, el aparato moral o de comportamiento de quien participa de un dogma, ya sea este religioso o laico. La ética dogmática no exige ningún esfuerzo de decisión, ya que todo comportamiento esta pautado de antemano y expresado en el canon, reglamento o mandamiento del dogma.
La ética o moral de responsabilidad implica una actitud y una conducta que responde a una acción determinada y que asume las consecuencias, especialmente las consecuencias de una acción defectuosa. La responsabilidad moral, entendida estrictamente, obliga a responder de los actos, consistentes y libres, pensados e intencionales tanto como de hecho y manifiestos. Esta dimensión ética es básicamente, personal y, al contrario de la anterior, es esencialmente anti-dogmática, aunque su ejercicio puede devenir de las enseñanzas de un dogma. Se es éticamente responsable en la medida que se es maduro psicológicamente: se puede y se debe responder ante si mismo de los propios actos, es decir, reconocerlos como tales y aceptar las consecuencias. De tal manera, una de las conductas sociales mas comunes de nuestro país, la paternidad irresponsable, es una muestra evidente de la inmadurez emocional.
Ética situacional o moral de situación: es la concepción según la cual la moralidad se determina a partir de los datos complejos de cada caso particular y no a partir de las leyes generales. Esta ética se inscribe claramente en la filosofía de la existencia o existencialismo, y más que una teoría, moral es una actitud o conjunto de actitudes frente a la vida del hombre y sus problemas. Para muchos, el punto de vista existencial o la ética de la situación es una de las claves para poder enfrentar los problemas de la vida cotidiana de nuestros días.
La ética de la situación reacciona contra las filosofías tradicionales que tienden a ver en las esencias los aspectos más importantes de lo real. A través de todo el existencialismo y ordenando su ética discurre esta idea central: para ser verdaderamente una persona; y una persona libre, es necesario implicarse, hacer una elección frente a las grandes disyuntivas de la vida. Un alto grado de ejercicio de la ética de la situación nos hará ver claramente lo que es una elección, distinguida de la imposición. , muchas de las que creemos elecciones son imposiciones sutiles de la sociedad. Descubrir esta diferencia es, para nosotros, la actitud moral más importante y decisiva del hombre de fines del siglo XX.

La ética material de los valores
Abordamos a continuación una teoría ética de principios del siglo XX para destacar el contraste que la ética material de los valores iniciada por Mar Scheler supone frente a la ética Kantiana. En efecto, en su obra el formalismo en la ética y la ética material de los valores, Scheler se propone superar lo que considera erróneo del pensamiento Kantiano mediante una teoría, alternativa que aprovecha las virtualidades del método fenomenológico, iniciado poco antes que el por Edmund Husserl.
Kant ha incurrido en el mismo error que los filósofos empiristas, error que consiste según M. Scheler, en afirmar la existencia de solo dos tipos de facultades en el ser humano, a saber: la razón, que nos proporciona a priori solo formas en los ámbitos teóricos y práctico y que, por ello, alcanza universalidad e incondicionalidad; y la sensibilidad que es capaz de conocimientos particulares y condicionados, esto es, de contenidos, pero siempre a posteriori. Tales supuestos forzaron a Kant a apoyarse en la razón, puesto que lo moral demanda universalidad e incondicionalidad, esto es apriorismo.
Mar Scheler afirma que además de la razón y la sensibilidad, el espíritu humano, esta dotado de una “intuición emocional”, que realiza actos que no son dependientes del pensamiento puro racional no de la sensibilidad subjetiva, pero que alcanzan el estatuto del conocimiento a priori. Por tanto, puede abandonarse la identificación de los a priori con la racionalidad y de lo material con la sensibilidad, pues preferir, odiar, estimar, amar, entre otros, no son actos sensibles ni racionales, si no emocionales, que nos procuran a priori contenidos no materiales no sensibles.
No parece demasiado adecuado a la naturaleza de los valores preguntar que son, pues los valores no son, sino que valen o pretender valer. Al afirmar que no son no quiere decir que sean ficciones inventadas por los seres humanos, si no que pueden ser entendidos como cosas o maneras de ser de las cosas. Tampoco es correcto identificar los valores con lo agradable, no con lo deseable o deseado, ni con lo útil; con respecto a lo primero algo nos agrada porque se nos presenta como valioso, y no al revés. En cuanto a su identificación con lo deseado o con lo deseable, o con ambos a un tiempo, es también incorrecta, pues el deseo es un acto sentimental y apetitivo variable en su intensidad, mientras que lo valioso es reconocido siempre como tal, sin oscilaciones en lo que hace a esta cualidad. En lo relativo a su identificación con lo útil, ha de decirse que es igualmente errónea, pues si bien hay valores útiles, estos son una clase, pero no agotan el término y, desde luego, no es a ellos a los que nos referimos en el ámbito de la ética.
Los valores son cualidades dotadas de contenido, independientes tanto de nuestros estados de animo subjetivos como de las cosas; estas son denominadas “bienes” precisamente” por ser portadoras de tales cualidades, las cuales precisan de un sujeto dotado de intuición emocional que las capte; no es, pues, el sujeto el que crea valor presente en un objeto, ni el valor depende del objeto que lo sustenta.
En torno a los valores giraran los restantes de la teoría de la ética: el bien y el deber. Vamos a ver ahora como se configuran:
En la teoría Scheleriana se afirma una ciencia pura de los valores, una axiología pura, que se sustenta en tres principios:
1. Todos los valores son positivos o negativos
2. Valor y deber están relacionados, pues la captación de un valor no realizado se acompaña del deber de realizarlo.
3. Nuestra preferencia por un valor antes que por otro se debe a que los valores son captados por nuestra intuición emocional ya jerarquizados. La voluntad de realizar un valor moral superior en vez de uno inferior constituye el bien moral, y su contrario es el mal. No existen por tanto valores específicamente morales.
Este modelo ético ha sido seguido y ampliado por pensadores como Nicolai Hartmann, Hans Reiner, Dietrich Von Hildbrand y José Ortega y Gasset, que denomino “estimativa” a la intuición emocional e incluyo los valores morales en la jerarquía objetiva, a diferencia de Scheler.

Marx y el Marxismo
Uno de los más fervientes críticos del marxismo, el austriaco K. Popper afirmaba lo siguiente:
“Pero si bien el capital es principalmente, en realidad un tratado de la ética social, estas ideas éticas nunca se presentan como tales. Solo se las expresa indirectamente, pero no por ello con menos fuerza, pues los pasos intermedios resultan evidentes. Marx evito formular una teoría moral explicita porque aborrecía los sermones. Para el, los principios de la humanidad y decencia eran cosa que no podía ponerse en tela de juicio y debían darse por sentados. Ataco a los moralistas porque vio en ellos a los defensores serviles de in orden social cuya inmoralidad sentía intensamente”.
En efecto podemos decir que Marx no intento hacer una ética y, sin embargo, el mejor legado de la filosofía marxista tal vez consista precisamente en contribuir una provocación moral en Pro de la justicia y de la construcción de una utopia en la que todos los seres humanos lleguen a sentirse libres de dominación. El saber marxista no pretende ser sabiduría moral, sino ciencia de la historia que excluye toda suerte de juicios de valor. No hay en ella, pues, separación entre los que es (objeto de la ciencia) y lo que debe ser (objeto de la moral): las leyes o tendencias de la historia, descubiertas por la ciencia marxista, muestran que la utopia se va a realizar gracias al desarrollo de las fuerzas productivas y a las contradicciones internas del sistema capitalista. ¿Por qué hablamos, pues, de una ética marxista?
Tras los intentos neokantianos de conjugar la ciencia marxista con la ética a Kantiana, intentos que siempre fueron repudiados por los marxistas clásicos, a mediados del siglo XX se forjan los fundamentos escolásticos de una ética que trata de dar cuenta de la realidad moral confiriéndole un status que no es el de la mera ideología.
Aun cuando no existe acuerdo entre los marxistas en relación con el problema del origen de la moral, la versión más aceptada lo sitúa en un cambio histórico objetivo y subjetivo a la vez. Los primeros estadios de la sociedad viven una moral gregaria, a la que corresponde totalmente un punto ínfimo de libertad, porque el hombre, obligado a depender casi totalmente de la naturaleza, se encuentra casi completamente determinado por ella. Un cambio objetivo el desarrollo de las fuerzas productivas y el nacimiento de la división del trabajo abre el valor y el significado del hombre como individuo: el hombre ya no necesita del grupo para sobrevivir físicamente (al menos, no tanto como antes) y, por tanto aparece la posibilidad de un cierto grado de independencia individual. Este cambio en el lugar objetivo del individuo produce, a la vez un cambio subjetivo, un cambio en su conciencia. Aparece el sentimiento de individualidad, la capacidad de aproximada a la realidad analítico-críticamente y de valorar. Esta nueva situación comporta una nueva necesidad social: conciliar la conducta del individuo con los intereses del todo social, como necesidad de superar la contradicción entre los intereses del individuo y del todo. Una respuesta a esta necesidad social es la moral que, nacida en una época determinada, solo puede desaparecer cuando también desaparezcan las contradicciones entre la personalidad y sociedad. ¿Significa esto que la moral es pura ideología, llamada a desaparecer en la sociedad comunista, en el reino de la libertad, cuando los intereses del individuo se identifiquen con los del genero? La respuesta que a esta pregunta darían los teóricos del marxismo en la actualidad no seria, a nuestro juicio, mayoritariamente positiva. Por el contrario, según la respuesta mayoritaria, junto a la moral de las clases dominantes, que definen los intereses de clase, es posible rastrear una “moral humana común”, una moral que defiende los intereses de la especie humana y que esta representada por la moral de los trabajadores a lo largo de la historia: la moral comunista. Para conocer su contenido no es primariamente necesaria la especulación teórica, porque la verdad se busca y realiza en la praxis, la revela aquella clase que lucha por el socialismo. Ella defiende los ideales de la libertad, igualdad y fraternidad, pero despojándolos de deformaciones, porque los intereses de esta clase coinciden con los de la humanidad.
La ética del marxismo coincide, pues, con las restantes éticas dominantes en nuestro momento histórico en ser normativa, en buscar la satisfacción de los intereses sociales, en identificar los intereses morales con los intereses objetivos y estos, a su vez, con los intersubjetivos. Pero también esta concepción ética se encuentra con dificultades. Por una parte, con todas las dificultades que acosan el materialismo histórico. (De que ciencia se trata, si el factor económico explica suficientemente como determinante la estática y la dinámica social, si es posible hoy en día analizar la realidad social, en virtud de dos clases, como discernir cual es el sujeto de la revolución, hasta que punto son teorías económicas aceptables las del valor, trabajo y la plusvalía, entre otros) y, por otra con las especificas del punto de vista moral. De entre los problemas podemos entresacar dos que tal vez han ocasionado a los éticos del marxismo más quebraderos de cabeza que ningún otro: el problema de la libertad y el del acceso a la verdad moral.
Estas dos cuestiones, estrechamente unidas entre si, no reciben el mismo tratamiento por parte de todos los éticos marxistas. Una interpretación mecanicista del materialismo histórico conduciría a afirmar que la conciencia (factor subjetivo) se encuentra determinada por el lugar ocupado involuntariamente en el proceso productivo ( factor objetivo), en cuyo caso la verdad moral, cuales son los intereses del genero humano y no de una clase, que tiene que venir determinada por la clase trabajadora a cuantos descubran que el proceso histórico sigue los pasos descubiertos por la ciencia marxista. Para una concepción no mecanicista del marxismo, la conciencia no seria solo reflejo de la realidad material, pero son los expertos de la ciencia marxista quienes deberían desvelar cuales son los intereses objetivos, en tanto no hayamos llegado a la fase en que decidirán los productores libremente asociados.
Atendiendo a la primera interpretación, la clase trabajadora decide cuales son los intereses objetivos, pero queda anulada la libertad como posibilidad de optar; en el segundo caso, es posible optar a favor de la necesidad histórica, pero son los expertos quienes determinan los intereses intersubjetivos. El hecho de que un grupo determine lo que desea la especie, suele suponer un riesgo de dogmatismo, en el que los regimenes comunistas parece que suelen caer. Esta es una de las múltiples razones por las que surgieron reacciones diversas frente a la ética marxista, leninista dentro del mismo marxismo: la ética del marxismo humanista se encuentra representada por filósofos de gran talla, los “revisionistas” han proliferado y la neomarxista escuela de francfort representa uno de los actuales pilares éticos del occidente europeo.

Éticas de la era del lenguaje
Nietzsche
El enfoque nietzscheano del estudio de la moral es histórico y psicológico y desde ese punto de vista aborda también una crítica del lenguaje moral, que tiene como base la historia de los conceptos morales. El problema fundamental que ha de resolver el filósofo consiste en el “problema del valor”, en la determinación de la “jerarquía de los valores”, en dilucidar lo que vale una moral y para que es valioso lo que así se califica.
A tal efecto desarrollo Nietzsche una “historia natural de la moral” alejada de las fundamentaciones de la moral, para las cuales la moral se considera como algo dado; las éticas tradicionales serian tan solo una forma docta de la creencia en la moral dominante, que impide concebir esta como problema. Sin embargo, Nietzsche cree que su propio enfoque permitiría tener una visión más amplia de los “hechos morales” y de los auténticos problemas de la moral, que solo surgen cuando se pueden comparar “muchas morales”.
En mas allá de del bien y el mal, encontramos la distinción entre tres periodos de la historia humana, a los que denomina “premoral”, “moral” y “extramoral”, dependiendo de si el valor de las acciones deriva de sus consecuencias, de la procedencia ( la intención) o de lo no intencionado. Para “los inmoralistas” como Nietzsche gusta llamarse a si mismo y a quienes compartan con el su visión critica, es esto ultimo lo que decide el valor de una acción, ya que para el las intenciones son un perjuicio que tiene que ser superado en la autosuperación moral.
El problema básico es, pues, para Nietzsche, el del valor y las transvaloraciones. La genealogía es el alimento de interpretar las ilusiones, los engaños, lo que se ofrece como verdadero. El método de la sospecha es un camino hermenéutico, que relativiza toda pretensión de carácter absoluto de los valores, indagando la diferenciación del valor desde su origen. Porque no hay valores en si, si no que es menester descubrir las fuentes de donde brotan los valores.
¿Cuál es el valor de la moral? ¿ Como decidir acerca del valor moral?. La unión genealógica y etimológica nos ayuda a penetrar hasta el origen de las estimaciones morales, que brotan de una forma de ser, de una forma de vida, de un tipo de hombre.
Pues en si misma ninguna moral tiene valor, y propiamente lo moral nace de lo inmoral (o extramoral): de la voluntad de poder. Por consiguiente, la moralidad es un caso de inmoralidad. Y aquí radica el sentido fundamental del ataque nietzscheano a la moral, dirigido contra las pretensiones de universalidad e incondicionalidad, ya que la hermenéutica genealógica descubre su particularidad y condicionalidad. El hecho de la multiplicidad de las morales despoja a cada una de ellas de su presunta validez universal, porque cada moral constituye solo una posibilidad histórica y particular, que ha llegado a ser. Por otra parte,, el juicio moral queda todavía mas radicalmente rechazado, porque es imposible desvelar y defender su verdad, como pone de manifiesto el estudio del origen de las valoraciones.
La moral de Europa es en definitiva la socrática y la judeocristiana, que es una moral de esclavos, alimentada por un instinto de rebaño, de pobres, sufrientes, mediocres, frente a los independientes, excepcionales. Los mediocres pueden ser señores mediante esta moral. Su fuente, es pues, el resentimiento, la sed de venganza del pueblo sacerdotal judío.
Con anterioridad existía solo lo bueno y lo malo; pero el resentimiento introduce una transvaloración, distinguiendo lo bueno y lo malvado. Esta transvaloración conduce a llamar malvado al que antes era bueno: al poderoso, al violento, al pletórico de energía, al lleno de vida; y llamar bueno al que era malo: al hombre bajo, simple, indigente y enfermo.
El heredero de esta transvaloración es el cristianismo, en el que continua la rebelión de los esclavos en la moral. Por eso el cristianismo es la religión del odio hacia los nobles, poderosos y veraces; la victoria de los plebeyos. Aquí la genealogía se revela como una psicología del cristianismo, situando su nacimiento en el resentimiento, en la rebelión contra el dominio de los valores nobles.
La consecuencia de esta sustitución de la moral primitiva por la moral de los esclavos es que el animal que hay en el hombre, su instinto brutal de poder y crueldad, sigue actuando, pero, al sentirse inhibido, lleva a cabo su venganza volviéndose contra el yo, generando la “mala conciencia”. De ahí que la conciencia no sea la voz de Dios, sino el instinto de la crueldad, que late y actúa desde el trasfondo vital en la cultura. La mala conciencia viene de la culpa, que no guarda relación con la responsabilidad moral, sino que es una deuda, una relación entre acreedor y deudor. El hombre atrapado en la sociedad, no puede desahogar sus instintos y los descarga hacia adentro, conformando la interioridad. La mala conciencia es la “dolencia mas grande” “el sufrimiento del hombre por hombre”
Nietzsche se aleja de todos los modelos anteriores de filosofía práctica en la medida en que se opone a toda interpretación teleológica de la actividad práctica humana.
En primer lugar, Nietzsche disuelve el fenómeno de la intencionalidad práctica en procesos fisiológico-químico, aunque no negó la realidad de las acciones humanas, encontrando su última base en la estructura instintiva. “No existen fenómenos morales, afirmara explícitamente, sino solo una interpretación moral de los fenómenos”.
Pero en segundo lugar, Nietzsche rechaza la fe en la libertad de la voluntad, pues todo lo que se atribuye a la libertad de la voluntad en realidad es decidido por los instintos naturales. “La voluntad no es solo un complejo de sentir y pensar, sino sobre todo además un afecto”. Lo que se llama libertad de la voluntad es esencialmente el afecto de superioridad con respecto a quien tiene que obedecer.
En tercer lugar Nietzsche negó la teleología. La praxis humana esta impregnada de un misterio impenetrable. En el ámbito práctico nada puede ser conocido realmente. Nunca somos señores de nuestras acciones, porque el obrar no depende de fines, ni los motivos o las intenciones deciden sobre el valor. El fin no es la causa de la acción porque el dominio del concepto de fin ha conducido necesariamente a la catástrofe nihilista. Como dice en afirmación rotunda: “Tuve que negar la moral, para imponer mi voluntad moral”.
Desde esta perspectiva es posible considerar a Nietzsche como un filósofo de la libertad, aunque el mismo critique la “libertad inteligible”. La necesidad domina el mundo, pero la única salida posible no es el determinismo sino el fatalismo: el destino en el sentido de la condicionalidad fatal. La voluntad humana es una potencia independiente, aunque entrelazada en una cadena de causas, y por ello el poder del destino no es un enemigo de la libertad humana, no nace para peligrar la acción humana creativa. Ante lo necesario, el hombre creativo se comporta heroicamente, porque participa valientemente en la creación de su propio destino.
Estas reflexiones nos conducen al núcleo de la aportación nietzscheana: al pensamiento abismal del eterno retorno tiene carácter existencial-ontologico, su significado práctico no debe ser infravalorado. El mismo Nietzsche subraya el carácter práctico de este pensamiento al aludir a el por primera vez y autores como Heidegger o Kaufmann abundan en ello. Para ello Kaufmann entre otros, el Eterno Retorno puede entenderse como una forma de principio práctico, entendido como principio supremo de la obligatoriedad de los valores para la voluntad. En esta medida seria el principio practico supremo.
Por otra parte Nietzsche propone la voluntad de poder como principio de interpretación del mundo y por ello todas las morales se reducen a voluntad de poder. Desde ella es posible establecer una gradacion según la cantidad en la elevación del sentimiento de poder. Por decirlo en palabras de Nietzsche:
¿Qué es bueno? Todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo en el hombre.
¿Qué es malo? Todo lo que procede de la debilidad. ¿Qué es la felicidad? El sentimiento de que el poder crece, de que una resistencia queda superada.
Por otra parte Nietzsche pretende superar la ontología moral, incrustada en la gramática de nuestro lenguaje. El autentico reconocimiento de las personas ha de producirse sin recurrir a un concepto universal englobante, como todavía ocurre en Kant, porque lo que se hace por amor acontece mas allá del bien y del mal. El nuevo lenguaje de la justicia se supera la contraposición entre lo bueno y lo malo, se supera el punto de vista normativo moral, porque el amor no establece estas diferencias. La justicia y el amor no entienden de distinciones morales.
Según Nietzsche, solo una actitud afirmadora del ser en la justicia y el amor podrán superar al “Dios moral”, cuyo crepúsculo anuncia y testimonia el acontecimiento del nihilismo. Aquí comenzaría una nueva ética, diferente de la moral. La justicia y las virtudes no estarían marcadas por normas morales de deber, sino que consistirían en el reconocimiento de los otros en su ser individual, sin concepto ni canon. Porque comete, una injusticia el subsume a otros bajo su propio canon; sin embargo, cuando dos hombres se reconocen mutuamente en su individualidad, comienza la verdad.
Este nuevo contexto ético, sin fundamentación ética, sino a lo sumo justificación estética de la vida; sin normas, sin fin, sino mas allá del deber y emplazada en el poder, la injusticia recibe un nuevo contenido. La injusticia no consiste no consiste en contravenir normas de justicia, sino en juzgar. Y esto es valido incluso cuando el individuo se juzga a si mismo.
Por eso el filosofo tiene que decir, como Cristo: “no juzguéis”. La última diferencia entre los filósofos y los restantes hombres seria que los primeros quieren ser justos mientras que los otros quieren ser jueces.

II parte
Interrogantes que se fueron planteando a través de lo expuesto:
Relación cultural entre Inglaterra y Estados Unidos con respecto al desarrollo de la ética.
El utilitarismo es una forma moderna de la teoría ética hedonista que enseña que la finalidad de la conducta humana es la felicidad, y que en consecuencia la norma discriminatoria que diferencia entre el comportamiento bueno y malo es el placer y el dolor. En palabras de uno de sus más distinguidos defensores, John Stuart Mill:
La doctrina que acepta como fundamento de la moral a la utilidad o principio de la máxima felicidad, sostiene que las acciones son correctas en proporción a su tendencia a promover la felicidad, e incorrectas si tienden a producir lo contrario a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad al dolor y la privación del placer (Utilitarismo, ii, 1863).
Aunque el término utilitarismo no entró en boga hasta no ser adoptado por Bentham, y aunque los principios esenciales del sistema ya habían sido apoyados por muchos filósofos ingleses, puede decirse que, con la importante excepción de Helvetius (Del espíritu, 1758) en quién Bentham parece haberse inspirado, todos los defensores de este sistema han sido ingleses. El privilegio de que ha disfrutado en el pensamiento inglés puede atribuirse en gran medida al predominio de las enseñanzas de Locke de que todas nuestras ideas se derivan exclusivamente de la experiencia sensorial. Esta doctrina epistemológica, hostil a cualquier sombra de intencionalismo, encuentra su complemento ético en la teoría de que nuestras ideas morales de lo bueno y lo malo, nuestros juicios morales y la conciencia misma son en principio derivados de experimentar los resultados de las acciones.
Rastreando la corriente del pensamiento utilitario desde sus orígenes, podemos comenzar con Hobbes (Leviatán, 1651), cuyo axioma ético fundamental es que la conducta correcta es aquella que promueve nuestro propio bienestar; y que el código social de la moral depende para su justificación de si sirve o no para el bienestar de quienes lo observan. Un eclesiástico protestante, Richard Cumberland (De legibus naturæ, 1672), ocupado en refutar la doctrina de Hobbes de que la moral depende del decreto civil, buscó mostrar que el principio de la máxima felicidad es una ley del Evangelio y una ley de la naturaleza: "La mas grande benevolencia posible de todo agente racional para con todo el resto constituye el estado mas feliz de todos y cada uno. Consecuentemente el bien común será la ley suprema". Este enfoque fue posteriormente desarrollado por algunos otros teólogos de quienes el último y mas conspicuo fue Paley (Principios de moral y filosofía política, 1785), quién concluyó que, ya que Dios desea la felicidad del hombre, entonces si hemos de amoldar nuestra conducta a la voluntad de Dios entonces deberemos actuar con el fin de promover la felicidad común; y la virtud consiste en hacer el bien a toda la humanidad en obediencia a la voluntad de Dios y para la felicidad perpetua. La obligación moral el la concibe como la presión que ejerce la Divina voluntad estimulando nuestras intenciones hacia la acción correcta. En mas armonía con el espíritu de los utilitarios posteriores se encuentra Hume, a quien lo que menos le preocupaba era encontrarle a la moral alguna fuente o aprobación religiosa. En su Investigación sobre los principios de la moral (1751) realizó un extenso análisis de los diversos juicios que por los que pasamos por nuestro propio carácter y conducta y en aquellos de otros; y a partir de su estudio llegó a la conclusión de que la virtud y el mérito personal consiste en aquellas cualidades que son útiles a nosotros mismos y a otros. En el curso de su reflexión el se encuentra con la interrogante que es el insalvable obstáculo en la ruta del teórico utilitario: el cómo conciliar el motivo del interés personal con el motivo de la benevolencia; si cada ser humano necesariamente persigue su propia felicidad, ¿como puede ser la felicidad de todos el fin de su conducta? A diferencia de posteriores pensadores de esta escuela, Hume no discute ni trata de resolver sistemáticamente esta dificultad; el la descarta apoyándose en la suposición de que la benevolencia en la virtud suprema.
La naturaleza a puesto a la humanidad bajo el gobierno de dos amos soberanos, el dolor y el placer. Es por ellos solos que tomaremos nota de que debemos hacer y de como lo haremos. Por una parte la norma de lo correcto y lo incorrecto, y por otra la cadena de causa y efecto están encadenadas a su trono. Nos gobiernan en todo lo que hacemos, cada esfuerzo que hagamos por liberarnos de su yugo no servirá mas que para demostrarlos y confirmarlos. En una palabra el hombre pretenderá renunciar a su imperio; pero en realidad continuará sujeto a él todo el tiempo. El principio de utilidad reconoce esta sumisión y asume que es la fundación de ese sistema cuyo objetivo es criar la tela de la felicidad de la mano con la razón y la ley.
Apoyándose de manera incondicional en el principio del egoísmo absoluto, Bentham se libra a sí mismo de la tarea de reconciliar el interés personal y el altruismo:
No sueñes con que los hombres moverán su dedo más pequeño para servirte, a menos que el beneficio por hacerlo sea para ellos lo bastante obvio. El hombre nunca lo ha hecho y nunca lo hará mientras la naturaleza humana está compuesta de su materia actual. Pero ellos desearán servirte cuando al hacerlo puedan servirse a sí mismos, y las ocasiones en que puedan servirse a sí mismos sirviéndote son numerosas (Deontología, ii, 1834, obra póstuma)
En manos de Bentham y sus discípulos el utilitarismo disocia la moralidad de su base religiosa e, incorporando el determinismo con sus otras doctrinas, se vuelve marcadamente positivista, resolviendo la obligación moral como un prejuicio o sentimiento resultante de la asociación prolongada de las consecuencias desagradables que acuden con ciertas clases de acciones, y los beneficios que siguen a otras. Bentham caracteriza a la palabra deber como un impostor autoritario, el talismán de la arrogancia, indolencia e ignorancia. Es la condenación del utilitarismo de que esta estimación del deber es rigurosamente consistente con el sistema; y ningún defensor de la teoría utilitaria ha sido capaz, aunque algunos han tratado, de indicar los reclamos de la obligación moral en los terrenos del utilitarismo positivista. Bentham redactó un curioso esquema para calcular el valor o peso a asignar a todos tipos de placeres y dolores como una norma práctica de determinar en forma concreta el valor moral de cualquier acción. Él asume que todos los placeres son semejantes en su tipo y difieren solo en cantidad, o sea en intensidad, certeza, duración, etc. Su análisis sicológico, además de su defecto original de convertir al interés personal en el único motivo de las acciones humanas, contiene muchos errores. Autores subsecuentes lo han abandonado como irrelevante por la buena razón de que calcular los resultados de cada acción del modo que exige su uso, y el lograr un balance entre las ventajas y desventajas que lo acompañan requiere de un intelecto mucho más poderoso del que el ser humano ha sido dotado.
La expresión clásica de este sistema se encuentra en Utilitarismo de John Stuart Mill, quién se empeña en cultivar la idea del utilitarismo en un plano mas alto que el del egoísmo abierto en que lo apoya Bentham. Como fundamento de esta estructura Mill sostiene que cada hombre actúa necesariamente con el fin de obtener su propia felicidad; pero encontrando que este fundamento lógico es insuficiente en proveer la base para un adecuado criterio de conducta, e impulsado por sus propias y grandes compasiones, que rápidamente se esfuerza en reemplazar "la felicidad de todos los interesados" por "la felicidad propia del agente". El argumento sobre el que, siendo el autor de un formidable trabajo de lógica, se empeña en pasar de la primera a la segunda posición, puede servir de ejemplo adecuado para proponer al principiante de lógica cuando esté ocupado en la detección de sofismas. En breve, el argumento es que, como cada cual desea y persigue su propia felicidad, y la suma total de estos fines individuales conforma la felicidad general, entonces la felicidad general es algo deseable por todos y proporciona la norma utilitaria de que es correcto en conducta. "También podrá discurrir " dice Martineau "que si un centenar de hombres, cada uno de ellos hambriento, se satisface comiendo, el hambre de todos ellos deberá ser satisfecha mediante la comida de cada uno". Para escapar de algunas críticas incitadas en contra de la doctrina establecida por Bentham, quien no hizo distinción entre los diversos tipos de placer, Mill proclamó que el utilitarismo observa que los placeres difieren tanto en calidad como en cantidad; a juicio de aquellos que experimentan los distintos placeres, algunos son preferidos sobre otros, y es mejor ser un humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho. Desde allí pasa de "preferible" a "elevado", y así subrepticiamente introduce una clasificación moral en los placeres. El único terreno legítimo en donde conectar los valores morales altos y bajos con los diversos placeres es evaluarlos de acuerdo al rango de las facultades o tipos de acción a donde pertenecen como resultados. Pero el hacer esto es asumir alguna norma moral mediante la cual podemos medir lo correcto o incorrecto de la acción, independientemente de sus consecuencias placenteras o dolorosas. Para responde a la objeción de que la virtud es deseada por su propio bien, y que el hombre hace el bien frecuentemente sin mediar ningún cálculo de la felicidad derivada de su acción, Mill lista la teoría de la asociación; como resultado de la experiencia, las acciones que han sido aprobadas o condenadas debido a sus consecuencias placenteras o desagradables a la larga aparecen ante nosotros como bien o mal, sin que nosotros notemos su resultado placentero o doloroso.
Desde tiempos de Mill el único escritor que ha introducido alguna modificación en el pensamiento estrictamente utilitario ha sido Sidgwick (Métodos de ética, 1874), quien admite que la norma del placer y dolor es incapaz de servir universalmente como criterio de moralidad; pero cree que es valiosa como instrumento de corrección del código moral recibido. Defienda al principio de la felicidad general como norma de conducta pero lo trata mas como un principio primario que como uno demostrable. Aunque denunció vigorosamente al utilitarismo, la construcción ética de Herbert Spencer (Datos sobre ética, 1879) que puede tomarse como del tipo de la escuela evolucionista, es fundamentalmente utilitaria. Él usa a la verdad en vez de la felicidad para incrementar la vida, o sea, una vida mas plena e intensa, el fin de la conducta humana debido a que es el fin de toda la actividad cósmica de la que la conducta humana forma parte. Pero retiene el placer y el dolor como la norma que discrimina lo bueno de lo malo de modo que en realidad él ve al valor moral de las acciones como completamente dependiente de su utilidad. Su explicación del origen de nuestras ideas morales, de la conciencia, y de nuestros juicios morales es demasiado larga y complicada para ser incluida aquí. Bastará decir que en ella publica la influencia de la asociación con la de la herencia como la fuente de nuestras normas y juicios morales. Nuestro sentido de la obligación moral no es mas que un sentimiento transitorio generado por la convergencia de nuestra heredada experiencia racial de los resultados de la acción con otro sentimiento que de manera remota se le presenta a nuestra conciencia como poseedor de mayor "apariencia autoritaria" que los resultados inmediatos. Los argumentos impulsados en contra del hedonismo en general son efectivos en contra del utilitarismo. Su propia debilidad particular descansa en su incapacidad de encontrar un paso del egoísmo a; el altruismo; su identificación del interés propio y la benevolencia como un motivo de conducta, y su reclamo de que las ideas moralmente correctas y útiles son en el fondo idénticas.
Análisis sobre ejemplificación de valores propuesta por Max Scheler


Un aporte fundamental de Scheler ha sido la descripción de la enorme riqueza e importancia ética que posee la vida emocional del hombre. Partiendo del concepto husserliano de reducción fenomenológica, Scheler distinguió las esencias de lo que es tangible, real o existente, lo que llevó a la afirmación de la independencia de los valores, eternos e inmortales, de los bienes, que serían sólo sus portadores circunstanciales (lo que ha significado que a Scheler se le acusase de platónico). En importancia, a este título le siguió su obra más famosa El formalismo en la ética y la ética material de los valores (1913-1916), un tratado en dos volúmenes que intentan dar un nuevo fundamento personalista a la ética, desde este nuevo fundamento se critica el enfoque ético meramente formal del filósofo alemán Immanuel Kant y lo cambia por un estudio de los valores en cuanto contenidos específicos de la ética, los que se presentan de un modo directo e inmediato a la persona y no a la conciencia como sostenía Husserl.
Los valores, según Scheler, se presentan objetivamente, esto es a priori, como estructurados según dos rasgos fundamentales y exclusivos:
La polaridad, todo los valores se organizan como siendo positivos o negativos. A diferencia de las cosas que sólo son positivas.
La jerarquía, cada valor hace presente en su percepción que es igual, inferior o superior a otros valores. Esta jerarquía da lugar a una escala de valores que Scheler ordena de menor a mayor en cuatro grupos:
Los valores del agrado: dulce - amargo
Los valores vitales: sano - enfermo
Los valores espirituales, estos se dividen en:
Estéticos: bello - feo
Jurídicos: justo - injusto
Intelectuales: verdadero - falso
Los valores religiosos: santo - profano
Los valores morales no son una categoría de valores porque no poseen portadores, son valores puros. Su realización es más bien indirecta. Se verifica en la realización de los otros valores según su polaridad y jerarquía objetiva.
La finalidad de Max Scheler de establecer una clasificación positiva o negativa para jerarquizar los valores es fijar prioridades tanto con las cosas materiales a si como las personales, dependiendo por supuesto del punto de vista de cada quien los valores van a ser buenos o malos, útiles o inútiles, vitales entre otros. Por ejemplo, el conocimiento para muchos es vital, desde el punto de vista de otras personas el conocimiento es útil más no vital, así como puede ser exacto o erróneo.

Visión diferente a la de Max Scheler

La distinción entre éticas materiales y éticas formales distinción propuesta por Max Scheler es una distinción de los tipos extremos de fundamentos que cabe atribuir a la ética, era por lo demás, una generalización de la distinción de Kant entre la materia y la forma de la “facultad de desear”. Pero Kant entendía la materia en el sentido subjetivo que afecta a cualquier objeto empírico que pueda ser apetecido por la facultad de desear regulada por el principio del placer, de la felicidad subjetiva ligada a la consecución del acto. Kant llama imperativos a las reglas objetivas que obligan a la acción como deberes. Pero este autor establece que cuando esos imperativos son las reglas que la voluntad debe reconocer como necesarias para conseguir la materia previamente deseada, serán imperativos hipotéticos y por tanto carentes de significado moral, pues ellos son un simple episodio de la concatenación causal material y por tanto, no hay autonomía puesto que ahora la voluntad se determina por una regla que, en realidad, está impuesta por una materia empírica. Para que la regla se convierta en ley moral la voluntad habrá de limitarse a suponerse a sí misma, es decir, habrá de eliminar toda materia y actuar en virtud de su propia forma, a saber, la universalidad y la necesidad. El imperativo categórico kantiano elimina, pues, toda materia subjetiva y se presenta, por tanto, como un imperativo formal. Scheler, que considera correcta la hipótesis formulada por Kant, subraya la presencia necesaria de una materia en todo acto de desear, pues sin materia alguna el acto de desear sería vacío, si bien concede a Kant que tal materia no debe ser subjetiva y señala a otras materias, no subjetivas, sino objetivas, como determinantes adecuados de la acción moral.
A pesar de los aportes valiosos de Scheler en la teoría de valores y en su ética material, se deja a un lado la importancia que tiene la moral como norma en los seres humanos, solo se hace hincapié en el deseo por un valor y en su jerarquización.


Valoración histórica del pensamiento de Nitezsche
Nietzsche participa de una línea dominante de la filosofía contemporánea: la reivindicación de la contingencia y la finitud; la sospecha del carácter infundado de la idea de Dios y de lo absoluto.
Ha dado lugar a una escuela filosófica claramente establecida, pero sus ideas están presentes de un modo u otro en muchos pensadores contemporáneos; y su influencia ha traspasado los límites de la filosofía alcanzando al público general y a doctrinas políticas tan opuestas como el nazismo y el anarquismo.
En el círculo de la filosofía se han ocupado de él figuras tan importantes Jaspers, Scheler y Heidegger pero su más clara huella se encuentra en las doctrinas vitalistas, y en España en la filosofía de Ortega y Gasset, y, más recientemente, en autores como Fernando Savater. Ha inspirado también a músicos, pintores y escritores (en España es el caso de Pío Baroja).
En la actualidad se valora fundamentalmente como el descubridor de las falsificaciones de la conciencia y se incluye en el grupo de los llamados filósofos de la sospecha, junto con Marx y Freud; con este último autor guarda importantes semejanzas, principalmente por el papel que ambos dan a lo irracional (los instintos y lo inconsciente) en el mundo humano.
Por otra parte es uno de los pensadores más importantes de la filosofía Occidental aunque radicalmente contrario a las ideas líneas dominantes de nuestra cultura, se pueden señalar algunos antecedentes o influencias en su pensamiento. El mundo griego fue especialmente querido por nuestro autor, principalmente la Grecia antigua que ya en su obra de juventud El nacimiento de la tragedia fue objeto de sus reflexiones y que le llevo a la reivindicación del mundo dionisíaco, frente al apolíneo triunfante sin embargo en Sócrates y Platón. Nietzsche se opondrá a estos dos grandes filósofos por considerarlos responsables de los fatales errores que conducirán, casi desde sus inicios, a la decadencia de la cultura occidental: la invención de un Mundo Absoluto, Inmutable, Eterno, Verdadero, Racional, Bueno y Objetivo, mundo en el que habitará también el Dios y lo trascendente de lo que nos habla el cristianismo. Frente a estos "platonismos", son más afines al pensamiento y sensibilidad de nuestro autor Heráclito y los sofistas. Heráclito por su peculiar estilo aforístico y más aún por su reivindicación de la existencia de la contradicción y el movimiento, de la realidad como lugar de la temporalidad y el devenir; los sofistas por su teoría relativista de la verdad y la concepción del lenguaje como un simple instrumento del ser humano, sin un fundamento objetivo que lo legitime. Finalmente, aunque rechazó la teoría moral de esta corriente, su idea del eterno retorno tiene cierto antecedente en la concepción estoica del tiempo. En la Edad Moderna las simpatías de Nietzsche están del lado de ilustrados como Voltaire y más aún del empirismo de Hume: contra Descartes, el pensamiento de Hume está presente en Nietzsche en su crítica al yo o alma, el papel de los sentidos y su negación de las substancias y de la necesidad, reinterpretando ésta última como un mero hábito psicológico. En cuanto a la presencia de Kant, es preciso tener cuidado puesto que Nietzsche criticó expresamente su filosofía por considerarla una forma sofisticada de platonismo; sin embargo encontramos su huella en la idea de la imposibilidad de alcanzar el conocimiento de la realidad en sí misma (lo metafísico) pues el conocimiento humano no puede llegar a la esencia de lo real (en términos kantianos, al noúmeno); Nietzsche radicaliza este planteamiento al afirmar que todo conocimiento está mediatizado por las peculiaridades de la subjetividad, siendo ésta distinta para cada especie e incluso para cada individuo (perspectivismo).
Ya en el siglo XIX, Nietzsche tiene en común con los miembros de la "izquierda hegeliana" (Feuerbach y más aún Marx) su rechazo de la religión por entender que anula la libertad del hombre y considerar a Dios como una invención sin fundamento alguno en la realidad. Sus críticas se extenderán sin embargo a la ciencia positivista y los movimientos socialistas. Pero la influencia más importante es la de la metafísica irracionalista de Schopenhauer al que leyó y admiró profundamente; Schopenhauer también está influido por Kant, en particular en la idea de que el hombre sólo puede alcanzar la realidad fenoménica; Schopenhauer defendió la existencia de la "voluntad de vivir" como principio metafísico rector de todos los sucesos y objetos del mundo fenoménico y mantuvo una posición pesimista ante la realidad; Nietzsche rechazó este punto de vista pesimista pero su concepto de voluntad de poder, aunque no idéntico a la noción de voluntad en Schopenhauer, guarda con ella cierta semejanza.
Los escritos de Nietzsche han sido interpretados de diversas maneras, e incluso existen casos en los que Nietzsche es citado para sustentar visiones contradictorias.
Por ejemplo, Nietzsche era popular entre el ala izquierdista de la Alemania de 1890, pero unas décadas después, durante la Primera Guerra Mundial, muchos le vieron como la raíz del ala derecha del militarismo alemán. Tengamos en cuenta que es más factible que la derecha acepte las máximas nietzscheanas anticompasivas, belicosas y aristocráticas, en tanto las doctrinas igualitarias como el comunismo —con la excepción de la belicosidad y fórmulas anticompasivas aplicadas en el régimen comunista soviético— y la democracia fueron despreciadas por él. Otro ejemplo se establece en la época del «Caso Dreyfus». La derecha antisemita francesa elevó la acusación a judíos e intelectuales de izquierdas que defendían a Alfred Dreyfus de ser nietzscheanos. Los conservadores alemanes quisieron censurar los trabajos de Nietzsche ante el peligro de subversión en 1894-1895, mientras que la Alemania nazi lo utilizó como excusa intelectual para promover su idea de la resurrección de la cultura alemana y de la identidad nacional. Muchos alemanes leyeron Así habló Zaratustra y se vieron influenciados por el llamamiento de Nietzsche del individualismo ilimitado y al desarrollo de la propia personalidad.
Durante el interbellum, muchos fragmentos del trabajo de Nietzsche fueron apropiados por los nazis, principalmente por Alfred Bäumler en La voluntad de poder. Durante el periodo de dominio nazi, las obras de Nietzsche fueron muy estudiadas en los colegios y universidades alemanas. Los nazis creyeron ver en Nietzsche a uno de los padres fundadores. Incorporaron la ideología y el pensamiento sobre el poder dentro de su propia filosofía política. Expresiones como La voluntad de poder fueron relacionadas con el nazismo y proclamadas como paradigma del movimiento. Sin embargo, existen muy pocas, si acaso alguna, similitudes entre Nietzsche y el Nazismo. En múltiples pasajes a lo largo de sus obras, Nietzsche defiende ardorosamente a los judíos, y expresa su rabia contra la lenta pero imparable corriente antisemita en Alemania, personificada dolorosamente en su propia familia a través de la figura de su hermana, que adoptó fervientemente el ideario racista, influenciada por su marido, para el cual no escatimó el filósofo todo tipo de improperios en muchas de sus cartas.
Igualmente uno de los más fervientes estudiosos de Nietzsche fue el reconocido filósofo alemán Martin Heidegger. Éste fue durante un tiempo el Decano de la Universidad de Friburgo, donde realiza su famoso discurso en favor del nuevo führer, por ese entonces, Adolf Hitler.
Si bien es cierto que el pensamiento nietzscheano fue «utilizado» por el nazismo, hay que señalar que sus líderes desvirtuaron cualquier relación ideológica que pudiera haber existido entre Nietzsche y el nazismo. No así el caso de Mussolini en Italia, el cual realiza el salto ideológico del socialismo marxista al fascismo, tras verse influenciado entre otros pensadores por Nietzsche, haciendo en sus discursos un uso más correcto de la teoría «contradictoria» y «vitalista» del filósofo.
Filósofo alemán, poeta y filólogo, cuyo pensamiento es considerado como uno de los más radicales, ricos y sugerentes del siglo XX. Nació el 15 de octubre de 1844, en Röcken, Prusia. Su padre, un ministro luterano, murió cuando él tenía 5 años, y fue educado por su madre en una casa donde vivían su abuela, dos tías y una hermana. Estudió filología clásica en las universidades de Bonn y Leipzig, y fue nombrado profesor de filología griega en la universidad de Basilea a los 24 años. Su delicada salud (estuvo afectado toda su vida por su poca vista y sus constantes jaquecas) le obligó a retirarse en 1889. Al cabo de diez años sufrió una crisis nerviosa de la que nunca se recuperó. Murió en Weimar el 25 de agosto de 1900. Además de la influencia de la cultura helénica, en particular de las filosofías de Sócrates, Platón y Aristóteles, Nietzsche estuvo influenciado por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, por la teoría de la evolución y por su amistad con el compositor alemán Richard Wagner. Escritor prolífico, escribió varias obras importantes, entre ellas El origen de la tragedia (1872), Así habló Zaratustra (1883-1885), Más allá del bien y del mal (1886), La genealogía de la moral (1887), El crepúsculo de los dioses (1888), El Anticristo (1888), Ecce Homo (1889) y La voluntad de poder (1901).
Uno de los argumentos fundamentales de Nietszche era que los valores tradicionales (representados en esencia por el cristianismo) habían perdido su poder en las vidas de las personas, lo que llamaba nihilismo pasivo. Lo expresó en su tajante proclamación "Dios ha muerto". Estaba convencido que los valores tradicionales representaban una "moralidad esclava", una moralidad creada por personas débiles y resentidas que fomentaban comportamientos como la sumisión y el conformismo porque los valores implícitos en tales conductas servían a sus intereses.
Nietzsche afirmó el imperativo ético de crear valores nuevos que debían reemplazar los tradicionales, y su discusión sobre esta posibilidad evolucionó hasta configurar su retrato del hombre por venir, el 'superhombre' (übermensch). De acuerdo con Nietzsche, las masas (a quien denominaba "rebaño", "manada" o "muchedumbre") se adaptan a la tradición, mientras su superhombre utópico es seguro, independiente y muy individualista. El superhombre siente con intensidad, pero sus pasiones están frenadas y reprimidas por la razón. Centrándose en el mundo real, más que en las recompensas del mundo futuro prometidas por las religiones en general, el superhombre afirma la vida, incluso el sufrimiento y el dolor que conlleva la existencia humana. Su superhombre es un creador de valores, un ejemplo activo de "eticidad maestra" que refleja la fuerza e independencia de alguien que está emancipado de las ataduras de lo humano "envilecido" por la docilidad cristiana, excepto de aquéllas que él juzga vitales. Nietzsche sostenía que todo acto o proyecto humano está motivado por la "voluntad de poder".
La voluntad de poder no es tan sólo el poder sobre otros, sino el poder sobre uno mismo, algo que es necesario para la creatividad. Tal capacidad se manifiesta en la autonomía del superhombre, en su creatividad y coraje. Aunque Nietzsche negó en multitud de oportunidades que ningún superhombre haya surgido todavía, cita a algunas personas que podrían servir como modelos: Sócrates, Jesucristo, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Shakespeare, Goethe, Julio César y Napoleón. Al concepto de superhombre se le reprochó a menudo ser el fruto de un intelectual que se desenvuelve en una sociedad de amos y esclavos y ha sido identificado con las filosofías autoritarias.
Muchos eruditos niegan esta lectura ideológica y lo atribuyen a una mala interpretación de la obra de Nietzsche. Aclamado poeta, Nietzsche ejerció mucha influencia sobre la literatura alemana, así como sobre la literatura europea y la teología.
Cien años transcurridos desde la muerte de Nietzsche le han devuelto transcurrido un siglo, el recuerdo de su vida y de sus ideas ha culminado en una efeméride de libros, de reediciones y de nuevos volúmenes que analizan y subrayan lo que dijo y lo que hizo. Podemos discutir acerca de sus logros doctrinales o, incluso, podemos reprocharle retrospectivamente el sacrificio biográfico que se infligió a sí mismo y la coherencia personal que se exigió; podemos celebrar su apuesta atea a favor del individuo y de la vida o podemos, por el contrario, imputarle los efectos perversos, las consecuencias post mortem, de unas ideas expresadas metafóricamente, a martillazos.
Pero, desde luego, lo que no podemos ignorar es su hondura, su atrevimiento, sus hallazgos, su estilo y su grandísimo ascendiente sobre tantos y tantos lectores.
En efecto, Nietzsche ha sido uno de los pensadores más perdurables del novecientos y sus concepciones han sido extraordinariamente influyentes, incluso entre aquellos que no frecuentaron sus obras, entre quienes vivían en una época nietzscheana sin saberlo. Que hoy reparemos en sus ideas, en sus inquietantes y seductoras ideas que fueron intempestivas y hoy, sin embargo, parecen dichas para nosotros, no se debe sólo a la actualidad circunstancial de la muerte, del siglo transcurrido desde su muerte, a la superstición que rendimos a los números redondos.
Que aún hoy nos demoremos en sus páginas se debe a la clarividencia de sus hallazgos y a la expresión exacta, precisa y desgarrada de nuestro dolor, al descubrimiento insoportable de nuestra soledad, del vacío y de la contingencia que nos aquejan. No fue, desde luego, el primer pensador que nos enfrentó a la muerte y a la finitud, pues otros antes y después que él lo hiciera nos hablaron del cese de toda metafísica compensatoria, del fin de la providencia y del sentido trascendente. Pero fue él quien mejor lo supo decir, aquel que con un estilo aforístico, metafórico, contundente y dolido, avecindó expresión y doctrina, vacío y forma.
La literatura sobre Nietzsche es oceánica generaciones y generaciones de exegetas e intérpretes han vuelto sobre él, sobre sus pensamientos y sobre su biografía, y han multiplicado hasta el vértigo el número de los libros parasitarios, los libros que le rinden tributo, que lo impugnan, que lo completan o que lo matizan aseando la expresión indómita de sus ideas. Nietzsche emprendió una aleación de vida y obra, y la logró hasta tal punto que sus doctrinas fueron y son inseparables de la coherencia personal con las experimentó. Más aún, el propio pensador no quería sino vivir de acuerdo con unas ideas que eran la celebración inmanente de la vida que nos ha sido dada, quería morir rebasado por la vida, llevándola hasta el límite, expandiéndola, haciendo del día a día, de la vigilia y del sueño, los momentos de una auténtica obra de arte.
Nietzsche ha sido uno de los pensadores más perdurables del novecientos y sus concepciones han sido extraordinariamente influyentes, incluso entre aquellos que no frecuentaron sus obras, entre quienes vivían en una época nietzscheana sin saberlo.